Acabo de entrar al bar de Manu Chao, en el barrio Gótico. Se llama Mariatchi. Detrás de la barra hay una mujer negra con peinado afro, de cabello populoso, sombrío y rígido, que acompaña con su sonrisa ancha, roja, que parece mojada por el rocío que cae afuera en Barcelona; el pelo opaco y la boca que brilla se complementan: la hacen una mujer completa. El bar está ornamentado con colores alegres por todos lados, vidriecitos verdes y rojos que cuelgan del techo, soles pintados como los pintan los niños, pinceladas anchas, fotos, barriles, sonrisas, imágenes del sub comandante Marcos, la palabra revolución por aquí, esperanza y libertad por allá, otras imágenes del Che, de Emiliano Zapata y también algunas ilustraciones de civilizaciones existentes antes de la invasión española al continente Americano. Pido una cerveza, me siento sobre unos barrilitos, y, mientras la Luchi saca fotos a los espejos esmerilados y Diego busca en el teléfono celular a un amigo, miro una vez más a la negra. Me parece haberla visto en algún video de Manu. Y entonces, solito en mi cabeza, me imagino dando vueltas en la pantalla con Manu, marcando mis manos pintadas de amarillo en un televisor, saltando descalzo de una canción de Clandestino a otra de Radio Bemba, colándome en sus colores y aferrándome, esta vez relajado en su casa, a sus ideas. Y que aquella negra hermosa efectivamente era parte de esta película, de mi película, de la película de este viaje. Y canto: Volando vengo, volando voy, deprisa, deprisa, a un mundo perdido.
Twittear
