lunes, 28 de abril de 2014

Día 4. Barcelona.




Acabo de entrar al bar de Manu Chao, en el barrio Gótico. Se llama Mariatchi. Detrás de la barra hay una mujer negra con peinado afro, de cabello populoso, sombrío y rígido, que acompaña con su sonrisa ancha, roja, que parece mojada por el rocío que cae afuera en Barcelona; el pelo opaco y la boca que brilla se complementan: la hacen una mujer completa. El bar está ornamentado con colores alegres por todos lados, vidriecitos verdes y rojos que cuelgan del techo, soles pintados como los pintan los niños, pinceladas anchas, fotos, barriles, sonrisas, imágenes del sub comandante Marcos, la palabra revolución por aquí, esperanza y libertad por allá, otras imágenes del Che, de Emiliano Zapata y también algunas ilustraciones de civilizaciones existentes antes de la invasión española al continente Americano. Pido una cerveza, me siento sobre unos barrilitos, y, mientras la Luchi saca fotos a los espejos esmerilados y Diego busca en el teléfono celular a un amigo, miro una vez más a la negra. Me parece haberla visto en algún video de Manu. Y entonces, solito en mi cabeza, me imagino dando vueltas en la pantalla con Manu, marcando mis manos pintadas de amarillo en un televisor, saltando descalzo de una canción de Clandestino a otra de Radio Bemba, colándome en sus colores y aferrándome, esta vez relajado en su casa, a sus ideas. Y que aquella negra hermosa efectivamente era parte de esta película, de mi película, de la película de este viaje. Y canto: Volando vengo, volando voy, deprisa, deprisa, a un mundo perdido.