El paso marítimo que une el Mar Mediterráneo con el Océano
Atlántico tiene apenas 14 kilómetros de ancho, y en cada uno
de sus extremos hay una montaña; al norte, la antigua Calpe y al sur, la antigua Abila. Durante
muchos años previos a la usurpación de América, la navegación entre estas dos columnas
estuvo prohibida por el Dios Hércules y las civilizaciones romanas y griegas (que
tenían el mismo Dios, pero con distinto nombre) limitaron sus barcos y su comercio a las
aguas del Mediterráneo. Se decía que allí se acababa el mundo de los mortales, que había
monstruos voraces y enormes, y que quien intentara cruzar el límite ofendería a los dioses.
Y entonces, en aquellas montañas que delimitan hoy el estrecho de Gibraltar, se instaló
un monumento con una leyenda escrita en latín: Non Plus Utra (No hay más allá). El monoteísmo
y la religión católica derribaron las columnas, además de las creencias mitológicas.
Y para dejarlo más claro, hacia 1.750, la corona española no tuvo reparo en escupir en la
tumba de los dioses y con el oro y la plata saqueados a costa de muerte, sangre y esclavitud
de todo un continente, acuñó monedas con las inscripción Plus Ultra (Hay más allá).