martes, 13 de mayo de 2014

Día 8. Mar Mediterráneo



Atardece sin nubes, y el sol, de a poquito, se esconde abajo del Mediterráneo. Y entonces, ya arriba del barco, me apoyo a una baranda mirando el mar. Me acuerdo de aquella metáfora del escritor de canciones Patricio Santos Fontanet:

Medallón naranja, manto de luz clara en escenario azul. 

Y en este momento, con el mar a mis pies y el horizonte en mis ojos, me parece inmensa la paradoja de que el autor de esa acuarela de liberad esté encerrado ahora en un hospital psiquiátrico.




viernes, 9 de mayo de 2014

Día 6. Estrecho de Gibraltar

El paso marítimo que une el Mar Mediterráneo con el Océano Atlántico tiene apenas 14 kilómetros de ancho, y en cada uno de sus extremos hay una montaña; al norte, la antigua Calpe y al sur, la antigua Abila. Durante muchos años previos a la usurpación de América, la navegación entre estas dos columnas estuvo prohibida por el Dios Hércules y las civilizaciones romanas y griegas (que tenían el mismo Dios, pero con distinto nombre) limitaron sus barcos y su comercio a las aguas del Mediterráneo. Se decía que allí se acababa el mundo de los mortales, que había monstruos voraces y enormes, y que quien intentara cruzar el límite ofendería a los dioses. Y entonces, en aquellas montañas que delimitan hoy el estrecho de Gibraltar, se instaló un monumento con una leyenda escrita en latín: Non Plus Utra (No hay más allá). El monoteísmo y la religión católica derribaron las columnas, además de las creencias mitológicas. Y para dejarlo más claro, hacia 1.750, la corona española no tuvo reparo en escupir en la tumba de los dioses y con el oro y la plata saqueados a costa de muerte, sangre y esclavitud de todo un continente, acuñó monedas con las inscripción Plus Ultra (Hay más allá).




lunes, 28 de abril de 2014

Día 4. Barcelona.




Acabo de entrar al bar de Manu Chao, en el barrio Gótico. Se llama Mariatchi. Detrás de la barra hay una mujer negra con peinado afro, de cabello populoso, sombrío y rígido, que acompaña con su sonrisa ancha, roja, que parece mojada por el rocío que cae afuera en Barcelona; el pelo opaco y la boca que brilla se complementan: la hacen una mujer completa. El bar está ornamentado con colores alegres por todos lados, vidriecitos verdes y rojos que cuelgan del techo, soles pintados como los pintan los niños, pinceladas anchas, fotos, barriles, sonrisas, imágenes del sub comandante Marcos, la palabra revolución por aquí, esperanza y libertad por allá, otras imágenes del Che, de Emiliano Zapata y también algunas ilustraciones de civilizaciones existentes antes de la invasión española al continente Americano. Pido una cerveza, me siento sobre unos barrilitos, y, mientras la Luchi saca fotos a los espejos esmerilados y Diego busca en el teléfono celular a un amigo, miro una vez más a la negra. Me parece haberla visto en algún video de Manu. Y entonces, solito en mi cabeza, me imagino dando vueltas en la pantalla con Manu, marcando mis manos pintadas de amarillo en un televisor, saltando descalzo de una canción de Clandestino a otra de Radio Bemba, colándome en sus colores y aferrándome, esta vez relajado en su casa, a sus ideas. Y que aquella negra hermosa efectivamente era parte de esta película, de mi película, de la película de este viaje. Y canto: Volando vengo, volando voy, deprisa, deprisa, a un mundo perdido.



domingo, 27 de abril de 2014

Día 3. Barcelona.


Diego Ramos es un amigo del barrio donde me crié, el barrio Viajantes. Ahora me espera en una de las esquinas de la calle Diputació, acá en Barcelona, el primer destino de esta vuelta al mundo. Nos saludamos con un abrazo largo, pero apurado. Me dice: vamos que no hay mucho tiempo. Y eso es cierto; Barcelona es sólo de paso. Empezamos a caminar por esta ciudad, entre las bicicletas rojas que se alquilan y se dejan en cualquier esquina, entre los multicolores de las pieles, los abrigos y los cabellos de las personas, entre la melodía de un tango oscuro, en vivo, de dos hombres desolados con bandoneón y guitarra; un tango que se cuela entre las paredes marrones e inmensas de las calles silueteadas del barrio Gótico. Llegamos a Tucco, el restaurante de un argentino que ofrece un menú por 6 euros. Ahí nos esperan otros argentinos que, como Diego, llegaron tiempito después de la crisis argentina de 2001. Todos llegaron solos, sin trabajo y preocupados. En el exilio, se hicieron amigos. En el exilio, se hicieron familia. En el exilio, fueron familia. Por eso comparten la mesa, que hoy, ya es parte de las mesas de despedidas. Coinciden: si hay un momento para volverse, es ahora. La economía española se derrumba, pero aún este Gobierno garantiza dos años de seguro de desempleo, que, con alguna trampita, es un sueldo que puede llegar a cualquier parte del mundo. A Rosario, Buenos Aires, Tucumán. Si hay un momento para volverse, es ahora. Volverse significa separarse. Diego se vuelve. Así como ya se volvieron al barrio Pablo y su mujer. Familias que se desarman, que se desparraman por el mundo cobijadas por la promesa de volver a verse. En esta mesa, ahora que una moza me trae un plato con fideos, hay un silencio largo entre cada frase. Hablan de separarse.

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miércoles, 23 de abril de 2014

Día 1. San Miguel de Tucumán.


Ya abracé a mi vieja. La ceñí entre mis brazos.
Ya me agaché para abrazar a mis sobrinas y ellas saltaron para abrazarme.
Ya abracé al Dani con calor de hermano. Y a la Sole, su mujer, con calor de despedida.
Ya abracé a Leandro y luego, la Luchi, mi hermana, le dio a él un beso en la boca que terminó con lágrimas. Ella viaja conmigo. Yo viajo con ella. Viajamos juntos.
Ya recibí el adiós que la Mili y Dani enviaron desde Mendoza por satélite hasta mi teléfono.
Ya tomé anoche una última cerveza con los vagos. Última hasta la vuelta, última hasta la vista.
Ya me despedí de mi viejo: “Abrí bien los ojos y los oídos, chango”, me dijo.
Y del Kilo, mi tío: “Disfrutá, campeón”. Y con sus palabras vinieron, por la ruta 9, abrazos de mi familia de Jujuy.
Ya anunciaron que nuestro vuelo está por despegar.
Ya agarré mi pasaporte.
Ya avanzó la fila.
Ya me pidieron el pasaje y me queda la última oportunidad de mirarlos. Les sonrío, los abrazo de nuevo en mis recuerdos y nos vamos a darle la vuelta al mundo.