Diego Ramos es un amigo del barrio donde me crié, el barrio Viajantes. Ahora me espera en una de las esquinas de la calle Diputació, acá en Barcelona, el primer destino de esta vuelta al mundo.
Nos saludamos con un abrazo largo, pero apurado. Me dice: vamos que no hay mucho tiempo. Y eso
es cierto; Barcelona es sólo de paso. Empezamos a caminar por esta ciudad, entre las bicicletas rojas
que se alquilan y se dejan en cualquier esquina, entre los multicolores de las pieles, los abrigos y los
cabellos de las personas, entre la melodía de un tango oscuro, en vivo, de dos hombres desolados
con bandoneón y guitarra; un tango que se cuela entre las paredes marrones e inmensas de las calles
silueteadas del barrio Gótico. Llegamos a Tucco, el restaurante de un argentino que ofrece un menú
por 6 euros. Ahí nos esperan otros argentinos que, como Diego, llegaron tiempito después de la crisis
argentina de 2001. Todos llegaron solos, sin trabajo y preocupados. En el exilio, se hicieron amigos.
En el exilio, se hicieron familia. En el exilio, fueron familia. Por eso comparten la mesa, que hoy, ya es
parte de las mesas de despedidas. Coinciden: si hay un momento para volverse, es ahora. La economía
española se derrumba, pero aún este Gobierno garantiza dos años de seguro de desempleo, que,
con alguna trampita, es un sueldo que puede llegar a cualquier parte del mundo. A Rosario, Buenos
Aires, Tucumán. Si hay un momento para volverse, es ahora. Volverse significa separarse. Diego se
vuelve. Así como ya se volvieron al barrio Pablo y su mujer. Familias que se desarman, que se desparraman
por el mundo cobijadas por la promesa de volver a verse. En esta mesa, ahora que una moza
me trae un plato con fideos, hay un silencio largo entre cada frase. Hablan de separarse.
Sumá a tus amigos y amigas. Compartamos el viaje:
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